miércoles, 18 de junio de 2014

arena

Como cada vez que finalizaba otro gran proyecto acudía a aquél desván y retiraba la vieja sábana raída que cubría ese espejo de cristal deformado y marco de ébano que allí guardaba. Me gustaba tan poco mirarme en él como necesario era que lo hiciera. Ese espejo era la única forma que tenía de entenderme, de ver mi alma, de ver mi propio ser. Me mostraba tal cual era en ese momento, sin adornos ni falsas sombras.

Solo en aquellos momentos en los que todas las grandes preocupaciones del día a día estaban resueltas funcionaba la magia de este artilugio. Esos días en los que las nieblas de los quehaceres se dispersaban y dejaban ver la montaña de preocupaciones que se escondía tras el horizonte. Esos días en los que toda la mierda que flotaba en el agua se precipitaba al fondo desvelando cada una de las cosas que con tanto esfuerzo se ocultaban a la vista durante el resto del tiempo.

Esos momentos deberían ser momentos de felicidad por la consecución de mis objetivos y mis metas, pero al final acababan siempre convertidos en momentos de revelación. Y las cosas que solía revelarme a mi mismo, aunque no fueran nuevas, nunca eran demasiado buenas. Tras tantos años en aquella casa, las visiones que se sucedían eran prácticamente las mismas, quizá tintadas, cada vez con mayor intensidad, de una mácula oscuridad y de realización que cada vez era más inevitable.

Lo primero que se reflejaba en el espejo era la soledad de la habitación en la que lo guardaba, y junto con la soledad de ese cuarto, la mía propia. Las dos soledades competían por llenar, o mejor dicho vaciar, aquel espacio. Junto con esa lucha de soledades se veía también el reflejo del rayo de sol que se colaba entre las maderas de la ventana tapiada. Como siempre rebotaba contra el espejo y me rozaba la mejilla derecha. Daba igual qué hora del día fuera o qué época del año, siempre había un único rayo colándose entre las rendijas y siempre me tocaba en el mismo lugar. Esta era una más en la lista de cosas del espejo para las que jamás hallaría explicación. Por otro lado el rayo era el contrapunto que hacía aquella imagen completa y que me completaba a mi al mismo tiempo. Su calidez era la sombra de la esperanza que aún no había perdido y a la vez creaba en mi cara un sin fin de máscaras grises que representaban cada una de mis facetas. Cuanto más observaba a esos otros yo más conseguía entenderme a mi mismo. Si giraba la cara ligeramente hacia la derecha parecía feliz; a la izquierda, triste; para abajo, eufórico; para arriba, deprimido. Todos eran yo y yo era cada uno de ellos.

Hoy en cambio había algo en la foto distinto a las demás ocasiones. Faltaba o estaba presente algo que lo cambiaba todo. Un brillo en mis ojos que prácticamente había olvidado. Era un brillo fulgurante, aquél que sacaba todo el verde que solo los rayos más intensos del sol de verano eran capaces de arrancar. Y fue entonces cuando me di cuenta. Allí estaba yo reflejado, iluminado, iridiscente. Y podía sentir la calidez de nuestra estrella por todo mi cuerpo, pero por una vez, no había rayo de sol y junto con él se había fugado mi soledad. Por una vez no necesitaba ninguna ayuda para brillar.

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